EL DIALOGO (I Parte)
1. Todos hablan de diálogo.- Actualmente, cualquier persona habla del diálogo. Pero casi nunca con acierto. Se puede decir que los hombres sienten la necesidad de dialogar, pero que no han encontrado ni la actitud dialogal ni los caminos del diálogo.
De ordinario, los que han sido llamados súbditos se quejan en contra de sus superiores de que éstos no admiten el diálogo. De ordinario, también, sucede que los superiores, cualesquiera que estos sean, rehuyen un auténtico diálogo.
• No hay como dialogar con él o con ella -dice un religioso hablando de su superior, una religiosa hablando de su superiora, un sacerdote hablando de su obispo, un trabajador hablando de su patrón o gerente, un empleado hablando de su empleador, un miembro de una organización hablando de su presidente...
• Pero si yo he querido dialogar con ellos -responden superiores y superiores, obispos y jefes de empresas de trabajo, en defensa propia contra las acusaciones que se les hacen.
¿Qué es lo que ocurre en el fondo de las relaciones humanas? ¿Por qué, hablando tanto de diálogo, sin embargo no se produce el acuerdo entre unos y otros?
2. Antidiálogo.- En general, la respuesta a estos interrogantes es que unos y otros adoptan posturas y escogen caminos que no son precisamente los del diálogo auténtico.
Primera postura antidialógica es la del silencio como expresión de la indiferencia. Cuando una persona ha resuelto “no decir nada”, es decir guardar silencio, es que ha llegado a adoptar una actitud de indiferencia, tanto frente a los acontecimientos, como frente a los hombres que los producen. Esta actitud equivale a encerrarse en uno mismo, para evitar las posibles molestias que sobrevengan de parte de los demás. Significa un desinterés intencionado y aislante. Ya podemos hablar dirigiéndonos a esta clase de personas, que éstas no nos escucharán: oirán nuestros pronunciamientos pero interiormente se encogerán de hombros. De esta manera, se incapacitan a sí mismas para poder entender a sus semejantes.
Actitudes de esta clase no son fruto de la pura imaginación: son actitudes reales. Las encontramos en el silencio que guardan entre sí esposo y esposa, durante días y días y a veces durante toda una vida. En este silencio glacial el que constituye el fuego que ellos mismos llaman infernal que los consume. “No quiere cruzar palabra conmigo” ¿Cómo pueden construirse a sí mismos y construir su hogar si han introducido en él un muro espeso, frío, duro, inconmovible? Ese mismo silencio se produce tantas otras veces entre miembros de una misma familia, entre vecinos, entre compañeros de oficina o de trabajo, entre los llamados súbditos y los llamados superiores o jefes.
Así, se ciegan los caminos del diálogo. Lo único que sobreviene es la muerte.
Una segunda actitud es la de la dominación. Cada cual quiere imponer su punto de vista, su criterio, su capricho. Si se habla de diálogo es únicamente con el deseo de ser escuchado y de sacar triunfante el punto de vista que le interesa. Aquí también está patente el egoísmo. Aquí tampoco hay una escucha atenta de los razonamientos del otro. Aquí también hay una barrera que impide la intercomunicación de dos personas. Lo que se llama diálogo entonces es más bien una lucha: tiene posibilidades de salir triunfante el que habla más, el que grita más el que se encapricha más. Pero las relaciones se vuelven más tensas y las posibilidades de comprensión desaparecen.
La actitud impositiva y conquistadora destruye los más sanos caminos del diálogo, de la misma manera como destruye la vida cualquier arma bélica utilizada para ahuyentar y matar. Esta actitud tampoco es el fruto de la fantasía: se la encuentra con tanta frecuencia en las relaciones ordinarias entre los hombres. En el hogar, es a veces el hombre el que quiere imponer a toda costa su criterio y es a veces la esposa la que quiere imponer su capricho. O son los hijos quienes aspiran a salir adelante con sus deseos muchas veces desordenados. En la escuela, el colegio, o la universidad, a veces es el maestro o profesor quien impone sus conocimientos y lo que llaman disciplina, a veces son los alumnos los que imponen sus gustos. En los lugares de trabajo, los jefes jamás hacen una consulta a quienes deberían ser sus colaboradores y, a su vez, cuando los colaboradores se sienten menos vigilados, saben también hacer de las suyas.
3.- Condiciones.- Siguiendo la doctrina de Paulo VI y de Paulo Freire y completándola una con otra, se pueden señalar las siguientes condiciones como requisitos indispensables para un diálogo auténtico:
a. El diálogo debe realizarse entre sujetos, es decir, entre personas, o todavía más claro y más preciso entre seres que aspiran a personalizarse mutuamente. En la práctica, esto quiere decir que ninguna de las partes debe ser considerada como un objeto, como una cosa, como un instrumento. Uno y otro deben aspirar a ser más y a ayudarse, por medio del diálogo, para la realización de este objetivo.
b. Al diálogo se debe ir en busca de un tercero. Esto está en oposición con la actitud que busca el triunfo del propio yo. En busca de un tercero que para el cristiano es Cristo, la Verdad eterna. Y para el no cristiano, sigue siendo el mismo Cristo, como Verdad, aunque no conocido por la revelación. Esta actitud de búsqueda de un tercero requiere de una actitud de apertura, para ir descubriendo a ese tercero en el pensamiento expuesto por el otro.
c. Paulo VI habla de la claridad y dice: “el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre”. (Ecclesiam Suam). Dentro de esta misma línea de pensamiento, hay que poner de relieve lo que los psicólogos llaman limpidez. Esta palabra nos lleva inmediatamente a pensar en el agua pura de fuentes que no han sido enturbiadas: por grande que sea la cantidad de agua, la limpidez deja ver claramente lo que hay en el fondo. El hombre límpido evita los rodeos en la expresión de su pensamiento y lo expone tal como lo ha concebido. El hombre límpido muestra con absoluta franqueza sus sentimientos y no trata jamás de esconderlos. El hombre límpido es rectilíneo, es decir, no busca por medios subterráneos la conquista de un objetivo también subterráneo, a través de manifestaciones mentirosas. El doblez engendra desconfianza y resistencia: impide el diálogo.
d. Humildad: “No hay diálogo, si no hay humildad”, dice Paulo Freire y continúa “la pronunciación del mundo, con la cual el hombre lo recrea permanentemente no puede ser un acto arrogante. El diálogo como encuentro de los hombres para la tarea común de saber y actuar se rompe si sus polos o uno de ellos pierde la humildad.
¿Cómo puedo dialogar, por ejemplo, si aliento la ignorancia, esto es, si la veo siempre en el otro, nunca en mí? ¿Cómo puedo dialogar si me reconozco como un hombre diferente, virtuoso por herencia, al frente de los otros, meros “ellos”, a quienes no veo como “yo”?
¿Cómo puedo dialogar si me siento participante de un “ghetto” de hombres puros y de hombres sabios, propietarios de la virtud y del saber para quienes todos los que estén fuera son unos enfermos del alma o de la inteligencia, son “esa gente” o son “nativos inferiores”?
¿Cómo puedo dialogar si parto de que la “pronunciación” del mundo es tarea de hombres selectos y que la presencia de las masas populares en la historia es señal de que la historia misma se deteriora, cosa que debo evitar? ¿Cómo puedo dialogar si me cierro a la contribución del otro que jamás reconozco y de la que me siento hasta ofendido? ¿Cómo puedo dialogar si temo la superación y con solo pensar en ella sufro? ¿Si a priori admito y afirmo que los campesinos y obreros son absolutamente ignorantes, incapaces, cómo puedo dialogar con ellos?
La autosuficiencia es incompatible con el diálogo. Los hombres que no tienen humildad o que la han perdido no pueden acercarse a los hombres sencillos. No pueden ser sus compañeros de pronunciación del mundo.
lunes, 26 de octubre de 2009
domingo, 18 de octubre de 2009
Envío Nº 95: 500 AÑOS DE MARGINACIÓN INDÍGENA ( II Parte)
500 años de marginación indígena (II Parte)
Mons. Leonidas Proaño
Ciego, mendicante, sentado, a la orilla del camino
Del Evangelio escrito por san Marcos sugiero la lectura del capítulo 10, versículos 46 y siguientes.
Las implicaciones son fáciles y claras: en el Evangelio aparece un hombre ciego, mendicante, sentado, a la orilla del camino (marginado).
A los 500 años del descubrimiento de América, encontramos en los indígenas un pueblo:
ciego, esto es, abandonado en la ignorancia;
mendicante, esto es, convertido en tal por la conciencia de su mala conciencia de países ricos que han creado agencias de ayuda económica y de asistencia técnica; por las tácticas de gobierno propios y sumisos de América Latina; por el servilismo consciente o inconsciente de ciertas religiones que se autodenominan cristianas, dedicadas a comprar conciencias con dinero; por la ceguera de una parte de las jerarquías de la misma Iglesia Católica que actúa con una visión demasiado superficial del problema indígena;
sentado, esto es, inmovilizado, atrasado, imposibilitado de tomar iniciativas propias y de aportar con ellas para la conquista de un auténtico desarrollo;
marginado del camino, esto es, del proceso, de la marcha esforzada y clarividente hacia la construcción de un hombre nuevo, de un mundo nuevo, de una sociedad nueva.
En el Evangelio se cuenta que Bartimeo:
supo que Jesús pasaba;
que entonces, se puso a gritar;
que algunos pretendieron hacerle callar;
que Jesús le salvó de la ceguera,
y que Bartimeo se puso a caminar con Jesús.
A los 500 años del descubrimiento de América, está sucediendo que el pueblo indígena:
– entra en conocimiento de que Jesús, el Liberador y Salvador, está pasando, seguido de sus discípulos y de la muchedumbre del pueblo creyente y oprimido de América Latina;
– con la noticia, el pueblo indígena ha recuperado su palabra y se ha puesto a gritar lleno de angustia y de esperanza;
– en medio de la muchedumbre del pueblo creyente y oprimido no faltan algunos a quienes interesa más que el ciego quede ciego o que ingenuamente piensan que cualquier grito es signo de mala educación y por lo mismo, inoportuno;
– Jesús, en cambio, se detiene y pide que se conduzca hacia Él al pueblo indígena, porque ha venido y sigue viniendo para traer la Buena Nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos, a dar la vista a los ciegos y a liberar a los oprimidos (Lc 4,18-19).
El pueblo indígena, con la fuerza de la Palabra de Dios, está recuperando la vista y con la vista recuperada, está caminando, con Jesús, hacia la implantación del Reino de Dios: Reino de Gracia, de Vida, de Amor, de Verdad, de Justicia.
¡Quién pudiera ayudar a recapacitar al gobierno español y a los gobiernos de Europa, a los gobiernos de América y a porciones importantes de las Iglesias cristianas, incluida naturalmente la Iglesia católica, cuando nos aproximamos a conmemorar los 500 años del primer desembarco de Colón en tierras de América y de la primera oportunidad de proclamar la Buena Nueva del Reino!
¡Quién pudiera lograr una valiente rectificación histórica de la tremenda injusticia perpetrada en contra de los primeros dueños del territorio americano!
¡Aquí estamos!
Hay una respuesta. Me atrevo a afirmar que es la única. Así como Bartimeo, lleno de fe en el poder de Jesús, desde la conciencia de su inhabilidad y su pobreza, fue capaz de detener una marcha, probablemente sentida como triunfal e incontenible por algunos o por muchos de los acompañantes de Jesús, el pueblo indígena en Ecuador, en Perú, en Colombia, en Bolivia, en Venezuela, en Chile, en Panamá, en Argentina, en Guatemala, en Paraguay, en Brasil, en México, en Norteamérica, inspirado y fortalecido por la Luz y la Fuerza del Evangelio, organizado y decidido, puede detener esta marcha triunfalista y lograr que se le devuelvan sus derechos a ser él mismo y a caminar, con Jesús y junto con los demás sectores del pueblo creyente y oprimido, hacia la liberación integral y hacia la construcción de una nueva sociedad, justa, humana, armoniosa, fraterna.
Y es precisamente esto lo que está sucediendo. Los indios de América, ya en algunas oportunidades, desde Quito, Ecuador, o desde Milán, Italia, han comenzado a gritar su rechazo al fácil y costoso regocijo de celebrar, no ciertamente los 500 años del encuentro de dos mundos, sino el despojo y destrucción de un pueblo con grandes valores. En Ecuador, se está proclamando los 500 años de resistencia india, para demostrar que, a pesar de los siglos de genocidio y etnocidio, los indios dicen: ¡Aquí estamos! No han podido matarnos ni las armas ni los engaños.
(Extracto del discurso pronunciado ante la fundación Kreisky, en mayo de 1988)
Mons. Leonidas Proaño
Ciego, mendicante, sentado, a la orilla del camino
Del Evangelio escrito por san Marcos sugiero la lectura del capítulo 10, versículos 46 y siguientes.
Las implicaciones son fáciles y claras: en el Evangelio aparece un hombre ciego, mendicante, sentado, a la orilla del camino (marginado).
A los 500 años del descubrimiento de América, encontramos en los indígenas un pueblo:
ciego, esto es, abandonado en la ignorancia;
mendicante, esto es, convertido en tal por la conciencia de su mala conciencia de países ricos que han creado agencias de ayuda económica y de asistencia técnica; por las tácticas de gobierno propios y sumisos de América Latina; por el servilismo consciente o inconsciente de ciertas religiones que se autodenominan cristianas, dedicadas a comprar conciencias con dinero; por la ceguera de una parte de las jerarquías de la misma Iglesia Católica que actúa con una visión demasiado superficial del problema indígena;
sentado, esto es, inmovilizado, atrasado, imposibilitado de tomar iniciativas propias y de aportar con ellas para la conquista de un auténtico desarrollo;
marginado del camino, esto es, del proceso, de la marcha esforzada y clarividente hacia la construcción de un hombre nuevo, de un mundo nuevo, de una sociedad nueva.
En el Evangelio se cuenta que Bartimeo:
supo que Jesús pasaba;
que entonces, se puso a gritar;
que algunos pretendieron hacerle callar;
que Jesús le salvó de la ceguera,
y que Bartimeo se puso a caminar con Jesús.
A los 500 años del descubrimiento de América, está sucediendo que el pueblo indígena:
– entra en conocimiento de que Jesús, el Liberador y Salvador, está pasando, seguido de sus discípulos y de la muchedumbre del pueblo creyente y oprimido de América Latina;
– con la noticia, el pueblo indígena ha recuperado su palabra y se ha puesto a gritar lleno de angustia y de esperanza;
– en medio de la muchedumbre del pueblo creyente y oprimido no faltan algunos a quienes interesa más que el ciego quede ciego o que ingenuamente piensan que cualquier grito es signo de mala educación y por lo mismo, inoportuno;
– Jesús, en cambio, se detiene y pide que se conduzca hacia Él al pueblo indígena, porque ha venido y sigue viniendo para traer la Buena Nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos, a dar la vista a los ciegos y a liberar a los oprimidos (Lc 4,18-19).
El pueblo indígena, con la fuerza de la Palabra de Dios, está recuperando la vista y con la vista recuperada, está caminando, con Jesús, hacia la implantación del Reino de Dios: Reino de Gracia, de Vida, de Amor, de Verdad, de Justicia.
¡Quién pudiera ayudar a recapacitar al gobierno español y a los gobiernos de Europa, a los gobiernos de América y a porciones importantes de las Iglesias cristianas, incluida naturalmente la Iglesia católica, cuando nos aproximamos a conmemorar los 500 años del primer desembarco de Colón en tierras de América y de la primera oportunidad de proclamar la Buena Nueva del Reino!
¡Quién pudiera lograr una valiente rectificación histórica de la tremenda injusticia perpetrada en contra de los primeros dueños del territorio americano!
¡Aquí estamos!
Hay una respuesta. Me atrevo a afirmar que es la única. Así como Bartimeo, lleno de fe en el poder de Jesús, desde la conciencia de su inhabilidad y su pobreza, fue capaz de detener una marcha, probablemente sentida como triunfal e incontenible por algunos o por muchos de los acompañantes de Jesús, el pueblo indígena en Ecuador, en Perú, en Colombia, en Bolivia, en Venezuela, en Chile, en Panamá, en Argentina, en Guatemala, en Paraguay, en Brasil, en México, en Norteamérica, inspirado y fortalecido por la Luz y la Fuerza del Evangelio, organizado y decidido, puede detener esta marcha triunfalista y lograr que se le devuelvan sus derechos a ser él mismo y a caminar, con Jesús y junto con los demás sectores del pueblo creyente y oprimido, hacia la liberación integral y hacia la construcción de una nueva sociedad, justa, humana, armoniosa, fraterna.
Y es precisamente esto lo que está sucediendo. Los indios de América, ya en algunas oportunidades, desde Quito, Ecuador, o desde Milán, Italia, han comenzado a gritar su rechazo al fácil y costoso regocijo de celebrar, no ciertamente los 500 años del encuentro de dos mundos, sino el despojo y destrucción de un pueblo con grandes valores. En Ecuador, se está proclamando los 500 años de resistencia india, para demostrar que, a pesar de los siglos de genocidio y etnocidio, los indios dicen: ¡Aquí estamos! No han podido matarnos ni las armas ni los engaños.
(Extracto del discurso pronunciado ante la fundación Kreisky, en mayo de 1988)
lunes, 12 de octubre de 2009
Envío Nº 94: 500 AÑOS DE MARGINACIÓN INDÍGENA ( I Parte)
*500 años de marginación indígena (I Parte)
Mons. Leonidas Proaño
El 12 de octubre de 1992 se cumplirán 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a tierras que luego serían llamadas América.
Según cuenta la Historia, Cristóbal Colón llegó a este continente por equivocación: lo que él buscaba era un trayecto más corto para llegar a las Indias orientales. Esta equivocación valió para que a los habitantes de este inmenso continente se les llamara indios. Altos niveles culturales habían alcanzado pueblos como los mayas, los aztecas, los incas.
¿Qué pasó con los indios de América a raíz de la llegada de los españoles, de los portugueses, de los ingleses? Vale la pena hacernos esta pregunta cuando nos acercamos al medio milenio de este acontecimiento
Sin duda hay muchas respuestas. Tomo una: Los indios han sido marginados durante casi 500 años.
Sociólogos, políticos, agentes de desarrollo, pastoralistas hablan de la marginación. Los mismos indígenas han aprendido la palabra y se compadecen a sí mismos diciendo: Nosotros pobres vivimos marginados.
¿Que es la marginación?
Literalmente, margen es el espacio que intencionalmente, se deja en blanco junto a cada página escrita de un libro, o junto a cada página de un cuaderno destinada a ser escrita. Margen es el espacio seco de tierra que se encuentra a uno y otro lado de un río. Margen es el espacio angosto que queda, para uso peatonal, a uno y otro lado de una carretera o de un camino. De ahí viene la palabra marginar, verbo activo, o la forma compuesta ser marginado con significado pasivo.
En sentido figurado, marginar significa poner o dejar a un lado a una persona o a un pueblo, mientras otras personas u otros pueblos están en marcha, en movimiento.
Que los indígenas de América han sido marginados significaría que han sido dejados al margen, mientras el pueblo blanco mestizo, heredero de los conquistadores, se ha ido poniendo en marcha; mientras los pueblos de Europa, y sus descendientes instalados en América del Norte han recorrido vertiginosamente grandes distancias en el camino de la conquista y del dominio del mundo. Significaría, más concretamente, que los indígenas no reciben, de parte de las autoridades gubernamentales, atención alguna en sus necesidades, o una atención muy deficiente. Las necesidades fundamentales de los indígenas son: tierra, trabajo, educación, organización, conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo.
Como se ve claramente, se trata al parecer y en su mayoría, de necesidades elementales. Si los indígenas han estado y están todavía marginados de la atención a este tipo de necesidades, ¿qué decir en relación con los grandes avances modern os de la ciencia y la tecnología? ¿Que decir en relación con la posición de avanzada que esforzadamente ha conquistado la Iglesia Católica en el Nuevo Mundo?
Dominadores y dominados
Sin vacilación alguna se suele responder que los indígenas han sido abandonados al margen de la Historia y que sufren un tremendo retraso de siglos. En efecto, desde el punto de vista político, no son considerados en sí mismos, como pueblo, como pueblo con historia propia, como pueblo con identidad propia, como pueblo con aspiraciones propias, con objetivos propios, con capacidad de autodeterminación y autogobierno. Menos aún existe la posibilidad de que los indígenas sean considerados como un pueblo capaz de influir positivamente en la marcha de la nación hacia la conquista de lo que se llama desarrollo, hacia la conquista del progreso. Son considerados más bien como peso muerto. Y si últimamente, han aparecido algunos indígenas que dan muestras de estar dotados de inteligencia, de imaginación, de capacidades artísticas, de cualidades de liderazgo, se suele saludar el hecho como un hallazgo del que hay que aprovechar rápidamente para que los indios dejen de ser indios y se asimilen a los blancos-mestizos, lo que equivale decir a la civilización europea, a las corrientes ideológicas de derecha o de izquierda, de occidente.
Si hubo tiempos en los que se asesinó y masacró a los indígenas hasta hacer desaparecer pueblos enteros, y todavía se cometen estas barbaridades, ahora se busca más bien con estudiada e ingeniosa sutileza, acabar de destruir la identidad indígena, mediante la dádiva de cuantiosas sumas de dinero, mediante el halago de alabanzas y el ofrecimiento de cargos remunerados, mediante la realización de proyectos llamados de desarrollo que apuntan al mantenimiento de un modelo de sociedad en la que necesariamente tienen que existir dominadores y dominados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos.
¿Una Iglesia indígena?
Desde el punto de vista religioso, o más concretamente, desde el punto de vista de la Iglesia Católica, salvo casos excepcionales, no han sido y no son todavía considerados aptos los indígenas para constituir una Iglesia indígena, con sacerdotes y religiosas, no sólo de su propia sangre, sino formados dentro de sus propios valores culturales; con una Teología y una Liturgia enriquecidas con el modo de pensar indígena a cerca de Dios, del hombre y del mundo, y con su modo de celebrar sus propios acontecimientos.
La evangelización, salvo casos excepcionales, no ha logrado, en 500 años, penetrar en el alma de la cultura indígena; no ha logrado provocar el auténtico descubrimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en una multitud de hombres y mujeres indígenas; no ha logrado favorecer, en numerosos pueblos indígenas, el nacimiento de la Fe, entendida como conversión, como vida y compromiso.
Esta deficiencia Evangelizadora es la causa profunda de que no haya nacido hasta ahora una Iglesia indígena y de que la Iglesia haya sido acusada hasta ahora de haber favorecido la injusta dominación de la cultura envolvente.
Los gobiernos de los países de América, el gobierno español y muchos gobiernos europeos se aprestan a celebrar suntuosamente el acontecimiento llamado descubrimiento de América. Por su parte, las Conferencias Episcopales de América Latina (CELAM) y el Vaticano, se aprestan también a celebrar el acontecimiento de la Primera Evangelización del Continente, colocándose en su propia plataforma, con gozo y optimismo que pueden estar mancillados de cierto triunfalismo, y mirando con simpatía la preparación a una celebración suntuosa de los altos gobernantes americanos y europeos. ¡Quién pudiera ayudar a recapacitar a unos y a otros!... ¡Quién pudiera conseguir una nítida postura de rectificación de la tremenda injusticia cometida, a lo largo de 500 años, por la sociedad civil del Viejo y del Nuevo Mundo, como también de la Iglesia, en contra de los indígenas!...
* (Extracto del discurso pronunciado ante la fundación Kreisky, en mayo de 1988)
Mons. Leonidas Proaño
El 12 de octubre de 1992 se cumplirán 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a tierras que luego serían llamadas América.
Según cuenta la Historia, Cristóbal Colón llegó a este continente por equivocación: lo que él buscaba era un trayecto más corto para llegar a las Indias orientales. Esta equivocación valió para que a los habitantes de este inmenso continente se les llamara indios. Altos niveles culturales habían alcanzado pueblos como los mayas, los aztecas, los incas.
¿Qué pasó con los indios de América a raíz de la llegada de los españoles, de los portugueses, de los ingleses? Vale la pena hacernos esta pregunta cuando nos acercamos al medio milenio de este acontecimiento
Sin duda hay muchas respuestas. Tomo una: Los indios han sido marginados durante casi 500 años.
Sociólogos, políticos, agentes de desarrollo, pastoralistas hablan de la marginación. Los mismos indígenas han aprendido la palabra y se compadecen a sí mismos diciendo: Nosotros pobres vivimos marginados.
¿Que es la marginación?
Literalmente, margen es el espacio que intencionalmente, se deja en blanco junto a cada página escrita de un libro, o junto a cada página de un cuaderno destinada a ser escrita. Margen es el espacio seco de tierra que se encuentra a uno y otro lado de un río. Margen es el espacio angosto que queda, para uso peatonal, a uno y otro lado de una carretera o de un camino. De ahí viene la palabra marginar, verbo activo, o la forma compuesta ser marginado con significado pasivo.
En sentido figurado, marginar significa poner o dejar a un lado a una persona o a un pueblo, mientras otras personas u otros pueblos están en marcha, en movimiento.
Que los indígenas de América han sido marginados significaría que han sido dejados al margen, mientras el pueblo blanco mestizo, heredero de los conquistadores, se ha ido poniendo en marcha; mientras los pueblos de Europa, y sus descendientes instalados en América del Norte han recorrido vertiginosamente grandes distancias en el camino de la conquista y del dominio del mundo. Significaría, más concretamente, que los indígenas no reciben, de parte de las autoridades gubernamentales, atención alguna en sus necesidades, o una atención muy deficiente. Las necesidades fundamentales de los indígenas son: tierra, trabajo, educación, organización, conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo.
Como se ve claramente, se trata al parecer y en su mayoría, de necesidades elementales. Si los indígenas han estado y están todavía marginados de la atención a este tipo de necesidades, ¿qué decir en relación con los grandes avances modern os de la ciencia y la tecnología? ¿Que decir en relación con la posición de avanzada que esforzadamente ha conquistado la Iglesia Católica en el Nuevo Mundo?
Dominadores y dominados
Sin vacilación alguna se suele responder que los indígenas han sido abandonados al margen de la Historia y que sufren un tremendo retraso de siglos. En efecto, desde el punto de vista político, no son considerados en sí mismos, como pueblo, como pueblo con historia propia, como pueblo con identidad propia, como pueblo con aspiraciones propias, con objetivos propios, con capacidad de autodeterminación y autogobierno. Menos aún existe la posibilidad de que los indígenas sean considerados como un pueblo capaz de influir positivamente en la marcha de la nación hacia la conquista de lo que se llama desarrollo, hacia la conquista del progreso. Son considerados más bien como peso muerto. Y si últimamente, han aparecido algunos indígenas que dan muestras de estar dotados de inteligencia, de imaginación, de capacidades artísticas, de cualidades de liderazgo, se suele saludar el hecho como un hallazgo del que hay que aprovechar rápidamente para que los indios dejen de ser indios y se asimilen a los blancos-mestizos, lo que equivale decir a la civilización europea, a las corrientes ideológicas de derecha o de izquierda, de occidente.
Si hubo tiempos en los que se asesinó y masacró a los indígenas hasta hacer desaparecer pueblos enteros, y todavía se cometen estas barbaridades, ahora se busca más bien con estudiada e ingeniosa sutileza, acabar de destruir la identidad indígena, mediante la dádiva de cuantiosas sumas de dinero, mediante el halago de alabanzas y el ofrecimiento de cargos remunerados, mediante la realización de proyectos llamados de desarrollo que apuntan al mantenimiento de un modelo de sociedad en la que necesariamente tienen que existir dominadores y dominados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos.
¿Una Iglesia indígena?
Desde el punto de vista religioso, o más concretamente, desde el punto de vista de la Iglesia Católica, salvo casos excepcionales, no han sido y no son todavía considerados aptos los indígenas para constituir una Iglesia indígena, con sacerdotes y religiosas, no sólo de su propia sangre, sino formados dentro de sus propios valores culturales; con una Teología y una Liturgia enriquecidas con el modo de pensar indígena a cerca de Dios, del hombre y del mundo, y con su modo de celebrar sus propios acontecimientos.
La evangelización, salvo casos excepcionales, no ha logrado, en 500 años, penetrar en el alma de la cultura indígena; no ha logrado provocar el auténtico descubrimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en una multitud de hombres y mujeres indígenas; no ha logrado favorecer, en numerosos pueblos indígenas, el nacimiento de la Fe, entendida como conversión, como vida y compromiso.
Esta deficiencia Evangelizadora es la causa profunda de que no haya nacido hasta ahora una Iglesia indígena y de que la Iglesia haya sido acusada hasta ahora de haber favorecido la injusta dominación de la cultura envolvente.
Los gobiernos de los países de América, el gobierno español y muchos gobiernos europeos se aprestan a celebrar suntuosamente el acontecimiento llamado descubrimiento de América. Por su parte, las Conferencias Episcopales de América Latina (CELAM) y el Vaticano, se aprestan también a celebrar el acontecimiento de la Primera Evangelización del Continente, colocándose en su propia plataforma, con gozo y optimismo que pueden estar mancillados de cierto triunfalismo, y mirando con simpatía la preparación a una celebración suntuosa de los altos gobernantes americanos y europeos. ¡Quién pudiera ayudar a recapacitar a unos y a otros!... ¡Quién pudiera conseguir una nítida postura de rectificación de la tremenda injusticia cometida, a lo largo de 500 años, por la sociedad civil del Viejo y del Nuevo Mundo, como también de la Iglesia, en contra de los indígenas!...
* (Extracto del discurso pronunciado ante la fundación Kreisky, en mayo de 1988)
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