martes, 6 de octubre de 2009

Envío Nº 85. CARTA A LOS SACERDOTES DE RIOBAMBA (I Parte)

CARTA A LOS SACERDOTES DE RIOBAMBA* (I Parte)

Queridos hermanos:

Reciban todos, mi afectuoso saludo.

Por medio de esta carta me propongo poner en su conocimiento cuanto he pensado llevar a la práctica en relación con una nueva organización pastoral de la querida Iglesia de Riobamba.

Les transcribo a continuación unos textos conciliares que nos darán luz en nuestra reflexión y que deben ser la pauta que oriente esta nueva organización pastoral:

“La misma salvación de las almas ha de ser la causa que determine y corrija la erección o supresión de parroquias o cualquier género de modificaciones que puede hacer el obispo con su autoridad propia” (Decreto sobre el Ministerio Pastoral de los Obispos, N. 32).

“Los laicos congregados en el pueblo de Dios y constituidos en un solo Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia, y su perenne santificación con todas sus fuerzas recibidas por beneficio del Creador y gracia del Redentor.

El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación…

Ábraseles, pues camino por doquier para que, a la medida de sus fuerzas y de las necesidades de los tiempos, participen también ellos celosamente en la misión salvadora de la Iglesia”. (Constitución sobre la Iglesia).

“El pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la Palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Pues como nadie puede salvarse si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir o incrementar el pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15)”. (Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, N. 4).

“Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo… Por la cual, los que son de edad avanzada reciban a los jóvenes como verdaderos hermanos, ayúdenles en las primeras empresas y labores del ministerio, esfuércense en comprender su mentalidad, aunque difiera de la propia, y miren con benevolencia sus iniciativas. Los jóvenes, a su vez, respeten la edad y la experiencia de los mayores, pídanles consejo sobre los problemas que se refieren a la cura de las almas y colaboren gustosos…

Además, a fin de que los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad, foméntese alguna forma de vida común o alguna conexión de vida entre ellos, que puede tomar formas variadas, según las diversas necesidades personales o pastorales; por ejemplo, vida en común; donde sea posible, mesa común, o a lo menos frecuentes y periódicas reuniones”. (Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, N. 8).

Juntos hemos estudiado, en jornadas y reuniones, la conveniencia de introducir nuevas estructuras, nuevo espíritu, nuevos métodos de trabajo. En estas ocasiones, se me ha pedido dictar orientaciones y normas que realicen esos cambios. No se me ha olvidado que también se han hecho observaciones y reparos, dignos, al menos en parte, de ser tomados en cuenta.

Estoy convencido de que la introducción de cambios es absolutamente indispensable. Para no citar sino algunos hechos, a modo de ejemplos, que exigen la introducción de cambios, pongo a la consideración de ustedes los siguientes:

a) En el año 1950 se realizó el primer censo de población en el país. La provincia de Chimborazo tenía entonces 218.000 habitantes. En 1962, 12 años más tarde, el censo dio la cifra de 276.000 habitantes. ¿Ha aumentado, siquiera en esta misma proporción, el número de sacerdotes? No. Pues bien; si antes de 1950 era muy insignificante el número de sacerdotes, ahora, dado el aumento de población, el número de sacerdotes es más insuficiente todavía.

b) Vivimos en una etapa de la historia en la que se producen cambios sociales profundos. El fenómeno afecta al mundo entero. Sin duda hay continentes y países más agudamente afectados que el nuestro y, dentro del Ecuador, hay provincias que se encuentran en mayor efervescencia que la nuestra. Pero esto no quiere decir que, en la provincia de Chimborazo no se hayan producido, no se estén produciendo y, sobre todo, no estén a punto de producirse cambios de trascendencia. En la ciudad, la familia está convulsionada por criterios, costumbres, impulsos en boga de la vida moderna; el anhelo de asociación, de mancomunar esfuerzos para la conquista de objetivos diversos, es síntoma de un despertar a la vida comunitaria cada día más creciente y pujante; el esfuerzo de superación cultural y profesional de las clases populares es un signo evidente de que asistimos a una verdadera lucha de desplazamiento de las clases sociales que han mantenido, hasta hace poco, el liderato, lo cual quiere decir que está en proceso un cambio con todas las características de revolucionario.

En el campo, en la paz del campo, hay síntomas innegables de cambio: las comunidades rurales, hasta hace pocos años estáticas y “conformes”, comienzan también a despertar, a abrir los ojos, a criticar lo que les parece malo e injusto, a sacar a flote aspiraciones de mejoramiento, a quejarse del abandono en que han vivido y agradecer cualquier esfuerzo que se haga por satisfacer sus aspiraciones.

El simple enunciado de estos hechos debe hacernos reflexionar seriamente.

Es imposible correr, en la preparación de sacerdotes, con la misma rapidez con que avanza el crecimiento demográfico. La preparación de sacerdotes en número suficiente sufre un retraso que se viene arrastrando por decenas de años. ¿Hay algún remedio que nos permita pretender vencer rápidamente ese retraso? Si el remedio consistiera exclusivamente en aumentar el número de sacerdotes, no tenemos que hacernos ilusiones, ese remedio es imposible. Trescientos mil habitantes de la provincia de Chimborazo deberían ser atendidos, cuando menos, por 150 sacerdotes. Contamos en este momento con 50 sacerdotes diocesanos; hace falta un centenar. Para formar un sacerdote según el método conocido desde los últimos siglos, deben pasar doce o trece años. Cuando hayan pasado, la población habrá alcanzado el medio millón de habitantes y habrá necesidad de 250 sacerdotes, los sacerdotes formados serán cuatro o cinco y no sabemos los que habrán muerto.

¿Entonces?... El remedio no está exclusivamente en aumentar el número de sacerdotes. Está también y quizá más, en la promoción de apóstoles laicos. Está luego en la promoción, formación y ordenación de diáconos. Está inicialmente en el cambio de nuestras actuales estructuras, de nuestros actuales métodos de trabajo, de la mentalidad y de la actitud con que hemos estado acostumbrados a mirar los problemas.

Me explico. Después del Concilio, el laico está llamado a jugar un papel importantísimo en la vida de la Iglesia, no solamente en las tareas temporales, sino también en las tareas que miran a la edificación de la Iglesia como comunidad de fe, de culto y de caridad. En otras palabras, los laicos pueden y deben trabajar en tareas de evangelización; pueden responsabilizarse de la celebración de verdaderas acciones litúrgicas; deben hacerse cargo de funciones apostólicas.

“Los laicos obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos por el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor” (Decreto sobre el apostolado de los laicos N. 3).

“En los sitios donde falta el sacerdote, si no hay posibilidad de celebrar la Misa los domingos y fiestas de precepto, se favorecerá, a juicio del Ordinario del lugar, la celebración de la Palabra de Dios, bajo la presidencia de un diácono o incluso de un laico facultado para eso.”

“La estructura de esta celebración será modelada sobre la de la Liturgia de la Palabra en la Misa: normalmente se leerán en la lengua del pueblo la epístola y el evangelio de la misa del día, precedidos por cantos, e intercalando otros inspirados principalmente en los salmos. El que preside, si es diácono, hará la homilía, o, si no lo es, leerá una homilía escogida por el Obispo o por el Párroco. La celebración acabará con la “oración común” o “de los fieles” y con la “oración dominical” (Instrucción sobre Sagrada Liturgia N. 37)

Nos toca a nosotros, sacerdotes de hoy, tomar a nuestro cargo la formación de los laicos. Del seno de los laicos bien formados, saldrán los futuros diáconos y saldrán también nuevos sacerdotes.

Con todo se podrá objetar que no es solución la situación actual del Seminario de Riobamba. Sobre este particular saldrá un documento aparte en el que se dará a conocer el nuevo plan de formación del sacerdote de acuerdo con las orientaciones conciliares y las exigencias de nuestro tiempo.

Todo lo dicho viene a ser como las premisas, de las cuales se desprenden las siguientes conclusiones:

a) Hay necesidad de proceder de inmediato a un cambio de estructuras.

b) Hay necesidad de cambiar metas, métodos de trabajo y estilo de vida.

c) Hay necesidad de cambiar de mentalidad y de actitud, para poder responder a las necesidades anteriores.

Envío Nº 84. COMUNIDAD (II Parte)

COMUNIDAD (II Parte)

…Pocos días más tarde, escribía:
"Hoy he entregado tres copias del proyecto del plan de evangelización. Entiendo que las explicaciones que he dado a cada uno me han ido caldeando y el fuego se ha ido encendiendo dentro mismo de las cenizas, hasta que ha brotado la llama. Esta ha sido la noche en que he gritado "Hay flores nuevas en el árbol de mi vida". Pero la comparación ya no me parece exacta.
Me ha venido a la memoria el recuerdo de un artículo que escribí siendo seminarista, en el que condenaba las aguas dormidas y expresaba mi simpatía por el torrente que socava rocas y arrastra pedrones para ir adelante, hasta convertirse en río y desembocar en el mar.
Ha acudido a mi imaginación el río Pastaza y le he visto cómo se retuerce, gime y brama, aprisionado por negros peñascos y cómo se libera pujante para seguir corriendo estrepitosamente, en busca de un más allá, oscuro e incierto, pero que es camino hacia el océano. Así he sufrido en estas últimas semanas. Me he revuelto dentro de mí mismo. Me he sentido aprisionado, casi asfixiado, oprimido, casi derrotado. Hoy, he comenzado a salir del atolladero y siento en mi interior un impulso nuevo y el atractivo vertiginoso del cauce que se me abre y que es la tarea de evangelizar a los pueblos.
Pienso que no es evasión, sino respuesta al llamamiento de Dios el entusiasmo creciente con que estoy tomando la Comisión Nacional de Evangelización y Catequesis. Los hombres me cierran unos cauces. Dios me abre otro, quizá más rico en posibilidades. Correré por él y quedaran atrás los obstáculos que pretendían ahogarme.
"Señor: ¿qué quieres que haga?--- ¿qué quieres que hagamos? Así te pregunté esta mañana y te he preguntado en días anteriores. Creo que tengo la respuesta: la comunidad el Hogar, para llenarnos allí del ímpetu de tu Espíritu, y luego desbordarnos proclamando la Bueno Nueva y siendo tus instrumentos para sacar a la vida comunidades eclesiales y comunidades cristianas de base, tanto en la Diócesis de Riobamba como en el país entero. ¡Gracias! ¡Gracias!... porque nos habéis escuchado".
Esta sensación de soledad y de aridez ha sido compensada, desde mi juventud, a lo largo de mi vida, por la experiencia de amistades profundas: la que hicimos en el Seminario Mayor de Quito, la que hicimos los sacerdotes del "Cuadrilátero", la que hicimos con los diversos grupos particularmente con los muchachos de la "Cardijn" y con los sacerdotes del equipo "Juan XXIII". Para esta etapa de experiencia comunitaria en mi vida, no podía faltar una nueva experiencia de amistad profunda. Mi Vicario General formó parte, en el Seminario, del grupo de amigos. Siguió siéndolo después de ordenados sacerdotes y sigue siéndolo hasta ahora, con una fidelidad a toda prueba. Del grupo "Juan XXIII" me quedaron algunos amigos sacerdotes. El pequeño grupo del Hogar de Santa Cruz tomó la resolución de fomentar la amistad, como clima indispensable para una vida comunitaria, para una pastoral comunitaria. Fruto de mi experiencia existencial de la amistad son estas frases, escritas precisamente en esta etapa de búsqueda de comunión en Cristo y de amistad profunda:
"En una amistad auténtica y profunda, Dios se nos va entregando, como Luz que es, a través del otro... Buscaba esa luz en mis horas de soledad, muchas veces tristes y fatigadas, muchas veces entenebrecidas por el egoísmo propio y ajeno y, por consiguiente, llenas de angustia, de inquietud, de insatisfacciones, de hastíos.
Pero llegan los días en que vemos brillar esa Luz, en el semblante, en el pensamiento, en los criterios, en la actitud, en el comportamiento. Sin decirlo, sabemos que nos entendemos. La Luz que hay en ti ilumina mi ser. La Luz que hay en mí ilumina tu ser. Y así entre todos. Hay existencias que empiezan a caminar iluminándose en silencio, mutuamente… "Esto mismo estaba pensando yo"... "Yo actuaría de la misma manera". Cuando decimos estas frases y otras parecidas, es porque hemos llegado a un entendimiento. El diálogo fluye y la confianza mutua va creciendo. La luz que, a través del diálogo, se proyectan mutuamente los amigos y que yo pienso que es una manera de hacerse presente el mismo Dios que se nos entrega como Luz, me parece que tiene estos efectos: primero, a la luz del otro, y mientras más profundamente conozco su persona, también me reconozco a mí mismo en todo lo que tengo de luminoso, conocido por Dios. Esto nos da más seguridad en nosotros mismos. Afirma más nuestra personalidad. Nos abre perspectivas de crecimiento "en humanidad". Segundo, a la luz del otro, voy descubriendo en mi interior, en la oculto de mi ser, otras fuentes de luminosidad, escondidas como los diamantes en el seno de la roca, fuentes de luminosidad hasta ese momento insospechadas o quizá, inclusive, tenidas por imposibles. Creíamos no sentirnos capaces de esto o de aquello, Pero cuando la luz del otro me alumbra, me asombro de haber tenido ocultas preciosas virtualidades y empiezo a transformarme. Esto nos comunica nuevos impulsos. Nos infunde valentía, audacia que nos van llevando a acciones que antes juzgábamos imposibles y que agigantan nuestro poder de relacionarnos con otros y de acometer empresas para las que antes no nos sentíamos capacitados. Tercero, a la luz del otro, descubro también mis propias tinieblas, también a veces insospechadas, porque nunca hubo una luz que las persiguiera en sus profundidades, en las cuevas en donde habita el egoísmo con sus múltiples repugnantes ramificaciones. Este descubrimiento es doloroso. Pero trae consigo la bellísima posibilidad de destrucción de las diversas formas de egoísmo y de gradual y creciente reemplazo por una mayor generosidad, por la abnegación, por la longanimidad, por la entrega de sí mismo.
Al llegar a este punto, sin decirlo, se está hablando de la amistad, porque el amor es entrega de sí mismo, La amistad es un don que Dios nos hace. Es una manera de dársenos Dios mismo.
Dios nos hace el regalo de múltiples dones, porque nos ama. El aire, la luz, el calor, las fuentes, la tierra con todas sus riquezas, las aves, los animales, los peces... son dones del Dios-Amor. La familia en que nacimos, con toda su carga de amor, de ternura, de sencillez, de verdad, de ejemplo, de sacrificio, de elevación es un don de Dios. El país al que pertenecemos, con todas sus conquistas; la Iglesia, con la Fe, los Sacramentos, la Eucaristía, el heroísmo, el testimonio, sus ministerios, son dones de Dios. El don supremo, insuperable es su Hijo hecho Hombre: Jesucristo, presente en su Iglesia, en su Palabra, en la Asamblea, en cada Sacramento, en la Eucaristía, en sus ministros, en las maravillas de la naturaleza. Pero ese mismo Dios hecho Hombre se entrega cuando discípulos suyos se unen por la amistad profunda y sincera. Me parece que esa promesa de Cristo "si dos o tres se reúnen en mi nombre Yo estoy en medio de ellos" tiene sentido especialísimo en la amistad cristiana. Quiero decir, una vez más, que a través del amigo, es Cristo mismo quien nos hace sentir su presencia, es Cristo mismo quien nos hace sentir que nos ama"
Tentación real y grave para un grupo de amigos es encerrarse en sí mismos. Eventualmente, hemos podido caer en este peligro. Inclusive, se nos ha hecho críticas, en parte fundadas. Pero hemos hecho el esfuerzo de mantenernos abiertos, siempre que hemos encontrado sinceridad y rectitud de intenciones. El mismo hecho de haber trabado amistad con miras a realizar una pastoral comunitaria nos ha salvado de convertirnos en ghetto. Anhelo del discípulo de Cristo debe ser llevar al mayor número posible de hombres la experiencia de la Buena Nueva que está viviendo. Vuelvo a mis notas para copiar una reflexión en este sentido:
"Conviene que El crezca y que yo disminuya". Estas palabras del Bautista acuden a mi mente. Él debe crecer en mí. Para que Él crezca en mí, es necesario que yo vaya disminuyendo, que yo vaya desapareciendo. Mis pensamientos, mis criterios, mi egoísmo, mis apegos, mi comodidad: todo esto debe ir dejando el espacio libre para que me invadan los pensamientos, los criterios y el amor de Cristo. Que Él crezca y que yo disminuya.
Si este mismo trabajo se realiza en los amigos, éstos podrán aspirar a decir: "Vivimos nosotros, pero no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros".
Y si así vamos muriendo para que Él crezca, no serán solo los amigos unificados en Cristo, sino que irán haciéndose muchos, porque Él irá creciendo en muchos, también en la medida en que Él crezca y se vaya haciendo la comunidad de los creyentes"
Copio también estas notas:
"Así pues, ya no sois extranjeros, no meros residentes, sino que compartís la ciudadanía del pueblo santo y sois de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo Jesús, en el cual toda construcción bien ajustada crece hasta formar un templo santo en el Señor; en el cual también vosotros sois edificados juntamente, hasta formar el edificio de Dios en el Espíritu" (Ef 2, 19-22).
¿Será atrevido pensar que lo que queremos realizar está descrito en este texto?
Queremos que Cristo Jesús sea la piedra angular.
Pretendemos ser el cimiento, piedras ajustadas a la piedra angular, Cristo.
Aspiramos a construir, ajustando otras y otras piedras, el templo santo, el edificio de Dios en el Espíritu.
En la práctica, esto significa un esfuerzo constante por vivir en Cristo y por hacer vivir en Cristo.
¿Tenemos la voluntad firmemente orientada hacia este objetivo? ¿Avanza la construcción en la relación con nuestros hermanos? ¿Viven ellos el mismo objetivo? ¿Estamos resueltos a luchar contra toda clase de dificultades, ellos y nosotros, para llevar adelante el propósito?
El proceso vivido viene a resultar así, en primer lugar, como un descubrimiento del propio yo, marcado por grandes anhelos y al mismo tiempo por un sentimiento de soledad, de impotencia y de esterilidad. En segundo lugar, el descubrimiento gradual y cada vez más profundo del Tú que es Dios y que se nos revela en Jesucristo, ese Tú que es Luz, que es Amor, que es Fortaleza, En tercer lugar, el descubrimiento del tú humano, a través del cual también se revela la presencia de ese mismo Jesucristo Hijo de Dios, para formar el "nosotros" un "nosotros" cristiano, un comienzo de la comunidad cristiana. En cuarto lugar este pequeño "nosotros" que se abre a una búsqueda ansiosa de otros, de ellos, para el anuncio de la Buena Nueva experimentada ya y vivida hasta cierto punto.
e. Teología existencial
f. Dificultades
g. Resultados

 Fragmento del Libro “CREO EN EL HOMBRE Y EN LA COMUNIDAD”

Envío Nº 83. COMUNIDAD (I Parte)

COMUNIDAD (I Parte)

I. EL HOGAR DE SANTA CRUZ

…"Mas el deber del pastor no se limita a cuidar sólo individualmente de los fieles, sino que se extiende también propiamente a formar una genuina comunidad cristiana...
Sin embargo, en la construcción de la comunidad de los cristianos, los presbíteros no están nunca al servicio de una ideología o facción humana, sino que, como heraldos del Evangelio y pastores de la Iglesia, trabajan por lograr el espiritual incremento del Cuerpo de Cristo.” (P.O.6)
Textos conciliares como éstos me impresionaron muchísimo. Comprendí que la Iglesia debía sufrir una transformación radical, que los obispos debíamos realizar grandes esfuerzos por transformar una Iglesia de imagen piramidal en una Iglesia comunitaria. Comprendí que la misma organización eclesial en equipos, en Consejos de Presbiterio, de Pastoral, de Laicos estaba enmarcada en este profundo sentido comunitario. Comprendí que los sacerdotes habíamos sido acaparadores de todos los carismas en la Iglesia, que nos habíamos convertido, en vez de servidores, en dominadores del pueblo y que los laicos estaban llamados a jugar un papel preponderante…

a) Historia de la casa…

b) Finalidad y espíritu…

c) Experiencia de vida comunitaria

Las críticas nos hicieron reflexionar seriamente. Algunas de ellas ya no podían surtir efecto, pues se habían dado pasos que no podían ya ser destruidos. Además, la vida nos iba a enseñar muchas cosas imprevisibles.
Con el funcionamiento de la casa, empezamos la experiencia de vida comunitaria seis personas: dos religiosas, tres seglares y el Obispo. Hubo mucha inseguridad en cuanto a algunas de estas personas. Por sugerencia de una de ellas, quien ha quedado firme hasta ahora, ensayamos un intercambio de experiencias personales de Cristo, pero sin resultados halagadores. Probablemente no había aún la suficiente confianza para este tipo de comunicación, o tampoco había en algunas de ellas una experiencia vivencial de Cristo.
Sin embargo, vimos que era necesario realizar cada mañana una oración comunitaria y la Eucaristía por la tarde. Vimos también la conveniencia de realizar retiros mensuales fuera de la casa.
Para que nos ayudaran al nacimiento de la comunidad invitamos a algunas personas amigas, para las reuniones semanales, en las que se trataban esos asuntos. Desde un principio, constatamos que la estructura de la casa no favorecía el frecuente contacto entre las personas. Esta dificultad ha sido insalvable hasta ahora.
Democráticamente, se hizo la distribución de funciones. En primer lugar, se hizo una lista de necesidades de la casa. Luego, cada persona escogió libremente la actividad a la que se sentía más inclinado dentro de esa lista de necesidades.
El anhelo de iniciar una vida comunitaria profunda constituía y sigue constituyendo un problema sumamente complejo, no solo por las circunstancias especiales propias de una casa de reuniones, sino también por la diversidad de caracteres, de formación, de motivaciones, de criterios, de costumbres de las personas invitadas a formar la comunidad.
Personalmente, por necesidad de mis mismas responsabilidades de Obispo de la Diócesis, no podía permanecer en la casa, sino apenas visitarla, tomar parte en algunos actos y particularmente en las reuniones semanales. Me mantuve así hasta ver la posibilidad de que un sacerdote pudiera integrarse en este ensayo. Este sacerdote llegó de España meses después de haber sido inaugurado el Hogar de Santa Cruz. Debo decirlo de una vez, con esta misma misión, pasaron por la casa tres sacerdotes. Al final, me decidí a compartir más de cerca las preocupaciones del personal, en la medida en que me lo permitían mis múltiples actividades de Obispo.
Como este proyecto constituyó, desde antes de su iniciación, un objetivo apasionadamente querido y considerado como una necesaria experiencia para poder llevar adelante toda una pastoral comunitaria que no fuera puramente doctrinal y teórica, fue para mí motivo de muchas reflexiones, de una búsqueda ansiosa, de tensiones y sufrimientos. La experiencia será contada, en este sentido, en las páginas que siguen.

d) Proceso vivido

Durante toda mi vida, he experimentado una sensación de soledad, particularmente en determinadas ocasiones, cuando he tenido que enfrentar graves conflictos, cuando he tenido que mantener una postura irreductible.
De esta sensación de soledad he ido pasando lenta y progresivamente a la comprobación alentadora de encontrarme en comunión con muchas personas, aún desconocidas. Por eso, creo en la Comunidad. Actualmente, ya no me siento solo: me siento más bien estrechamente unido, en círculo concéntrico, con un número incontable de cristianos con quienes nos encontramos en sintonía. Pero, para llegar a este punto, he tenido que saborear muchos sufrimientos.
Entre mis notas, encuentro ésta, por ejemplo: "Esta noche, delante del Santísimo, he tenido la sensación, nuevamente, de soledad, de esa soledad de la que tengo dicho que es al mismo tiempo mi dolor y mi gozo. Reuniones y conversaciones personales han sido, como siempre, numerosas. Pero, allí mismo, me descubro solo.
Pienso: tengo que amar al Señor apasionadamente, con locura. Y El está allí, a pocos pasos: por consiguiente, no estoy solo. Mientras constato que hay grandes distancias, hasta abismos de separación entre pensamiento y pensamiento, entre aspiraciones y aspiraciones, entre actitudes y actitudes, El me llama, me atrae, me infunde una especie de coraje y una disposición de búsqueda de mayor entrega. "El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga". Y aquí está el gozo, no aquel que hace reír, sino el que hace tomar la vida tal como es: un drama, una tensión, una lucha. Entendiendo así la vida, entiendo también la soledad que me acompaña. Sin embargo, no soy infiel a los requerimientos de acompañar y de decir una palabra de aliento a otros. Parece absurdo e incomprensible: ¿cómo puedo acompañar si no me siento acompañado?
He sentido también, en muchas ocasiones, una impresión de inutilidad en el trabajo, de esterilidad y de sequía, en contraste con mis grandes anhelos. Muestra de esta clase de sentimiento está manifestada en las líneas que siguen y que han sido también espigadas en mi cuaderno de notas:
"Las primeras flores"...
No pretendo escribir una poesía. Simplemente quiero dejar constancia de que ayer, al abrir la ventana que da al jardincito de la casa, vi que había empezado a florecer el albaricoque. Y saludé el acontecimiento con esas palabras. Y esta mañana he dicho, al verlo más florecido: "Más flores"...
En este albaricoque de la casa, voy viendo reflejarse o simbolizarse mis diversos estados de ánimo durante el año. Cristianamente hablando veo en el albaricoque el símbolo del misterio pascual que me esfuerzo en vivir.
El mes de junio, después de haber entregado todos sus frutos, las hojas del árbol comienzan a amarillearse: en su otoño. Luego se van cayendo las hojas y el árbol se va quedando en varas desnudas y grises.
En ciertas épocas del año, muchos de mis sueños e ilusiones van tomando también un color amarillento: se destiñen, con el consiguiente sufrimiento. Símbolo de la muerte. Es la renuncia no querida, dolorosa, al colorido y belleza con que he vestido mis grandes anhelos de trabajo. Cumplieron con su función y se van, dejando a veces la sensación de la nada, del vacío. Es entonces cuando me pregunto: ¿qué estoy haciendo aquí? Y me invade una subterránea tentación de desaliento contra la que tengo que reaccionar constantemente, mientras dura esta etapa de muerte.
El albaricoque empieza a pintarse de flores en septiembre y se cuaja de flores en octubre y noviembre. Después, van apareciendo los frutos. Maduran lentamente y son cosechados en los meses siguientes, hasta el mes de mayo.
Así suele suceder también conmigo: vuelven nuevos sueños y nuevas ilusiones. Siento nuevos impulsos. Quizás abandono ciertas actividades de las que me he decepcionado definitivamente. Y entonces se pueblan mi corazón y mi cabeza de proyectos nuevos que me entusiasman. Muchos de estos proyectos caen, como caen tantas flores al ímpetu de los vientos o por la fuerza de las granizadas. Pero, trabajo vigorosamente y solo Dios puede saber si en el árbol de mi vida encuentra frutos maduros y cosechables.
Misterio pascual. Muerte y resurrección, hasta que llegue la resurrección definitiva. ¿Poesía? Tal vez sí. Pero principalmente vida cristiana que quiere ser auténtica. ¿Flores nuevas en mi existencia de esta época del año? No las advierto todavía. Las espero. Todavía veo en mí las ramas sarmentosas, resecas, grises. Sin embargo, espero: cualquier día de estos se me escapará un grito del corazón: "Han aparecido flores nuevas".